Tras la muerte de Alejandro, la lucha por el poder entre sus principales generales hizo que surgieran conflictos dentro del imperio que, después de varios años, quedó dividido en tres reinos, que recibieron el nombre de reinos helenísticos: Egipto, Siria (del que se desprendió luego el reino de Pérgamo) y Macedonia, que incluía a Grecia.
Los monarcas helenísticos gobernaron de manera personal y autoritaria, y eran considerados dioses por sus súbditos. Enfrentados entre ellos en constantes guerras, hacia fines del siglo I a. C. fueron conquistados por los romanos
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